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FMA - La última cena

Título: La última cena
Fandom: Fullmetal Alchemist
Advertencias: Nup.
Palabras: 808
Summary: Recuento de la última vez que Hughes invitó a Mustang a cenar a su casa.
Rating: G
Notas de Autor Estrictamente no entra en la línea temporal del canon, pero el plotbunny me pareció adorable :D

Maes Hughes invitaba día sí, día no, a Roy Mustang a cenar, pero este último declinaba casi siempre argumentando diferentes pretextos, los cuales iban desde los más válidos hasta los más tontos. Había, sin embargo, raras ocasiones en que el coronel estaba realmente muy cansado y no podía pensar con la suficiente rapidez y no le quedaba más remedio que ir a cenar a casa de los Hughes.

Siempre sucedía lo mismo: Roy aparecía con un muñeco para Elicia —terrible arma de doble filo— que, aunque garantizaba la buena voluntad del orgulloso padre, también incitaba a repasar por enésima vez el álbum familiar que registraba todos y cada uno de los aspectos de la vida de la dulce heredera, y que cada día que pasaba se hacía más y más voluminoso.

Pero era mejor que presentarse con las manos vacías, porque entonces Maes le daba un larguísimo sermón sobre la etiqueta del invitado perfecto, a lo que se sumaban los enormes ojos decepcionados de la niña, quien, Roy estaba seguro, quería pero no se atrevía a preguntarle dónde estaba su acostumbrado regalo. Una de las cosas que lograba que Roy se enojara consigo mismo era lograr la decepción de una mujer —la edad era lo de menos.

Cuando Roy tenía suerte, Gracia había terminado de preparar la cena e intervenía en la recapitulación de la vida de Elicia, quitándole a Maes el álbum e introduciendo otros temas de conversación, lo que indudablemente le garantizaba al día siguiente un pequeño ramo de flores como agradecimiento, en el que Roy adjuntaba una nota personal de condolencia, mitad en broma, por tener que soportar un marido como ese.

La cena en sí misma era excelente. La pequeña Elicia comía una pequeña porción de todos los platos y se iba directo a la cama después del postre, por supuesto que protestando que quería quedarse despierta un rato más; sabía que cuando había visitas sus padres se mostraban más indulgentes que de costumbre. A veces funcionaba, pero no era cosa grave; mientras Roy y Maes conversaban en el sillón y compartían un poco de coñac, la niña se sentaba inocentemente frente a la mesa del centro de la sala a dibujar canturreando canciones de cuna. Elicia interrumpía a los adultos sólo cuando terminaba uno de sus retratos, lo que conllevaba al menos diez minutos de Maes convertido en crítico de arte. Finalmente, el cansancio vencía a Elicia y Gracia la llevaba a la cama.

Alrededor de la medianoche, Roy se disculpaba por haber mantenido a su amigo y a su esposa despiertos y salía rumbo a su propia casa, no sin antes escuchar a Maes recomendándole que encontrara una buena mujer y sentara cabeza lo más pronto posible.

Durante mucho tiempo la rutina se siguió sin grandes cambios, razón por la que quizás fue tan desconcertante cuando el evento sucedió.

Un día, Elicia dejó de pronto de lado el lápiz rojo para ir hacia su padre, jalar su manga y decir con toda la seriedad de que era capaz una niña de tres años:

–Quiero tener aretes como Winry.

–¿Eh...?–replicó Maes sin comprender.

–Que quiero tener aretes como Winry –la pequeña señaló sus orejas con sus dedos índices–. Ella tiene tres.

–Pero, mi vida...–comenzó Maes mientras que Roy trataba de encubrir su risa con un fingido ataque de tos.

–Elicia, aún eres muy pequeña–dijo Gracia.

–Pero yo quiero...–insistió Elicia utilizando su puchero "así-lo-consigo-todo-de-papá".

–Cuando seas mayor –sentenció su madre.

Elicia volteó hacia Maes.

–Sí, mi amor, tu madre tiene razón: tendrás tus aretes cuando seas grande –dijo este en un increíble arranque de autocontrol.

–¿Cuando sea grande como Winry?–preguntó la niña.

Ambos padres asintieron.

Roy hubiera podido jurar que Maes susurraba por lo bajo que haría todo lo posible para que su bebé nunca fuera grande.

Elicia asintió resignada y fue a sentarse de nuevo frente a la mesita.

El coñac y la conversación prosiguieron por un rato más.

Sin embargo, pronto quedó claro que la pequeña no había abandonado del todo el pensamiento que quedó flotando al terminar la conversación. Esta vez dejó de lado el lápiz azul y anunció:

–Cuando sea grande como Winry me voy a casar.

Maes estuvo a punto de ahogarse con el coñac y su propia saliva.

–Corazónnodigaseso...–alcanzó a balbucear mientras Roy le daba fuertes palmadas en la espalda.

Gracia sólo rió, aunque era imposible saber si era más por tierna que le resultaba su hija o por lo exagerado de la reacción de su marido.

–Y ya sé con quién me voy a casar –prosiguió la niña tras una pausa.

Por un momento la sala se hundió en un silencio sepulcral.

–¿Con quién te casarás, Elicia?–preguntó Gracia.

–Con él –respondió Elicia señalando a Roy con uno de sus deditos regordetes.

El coronel apenas tuvo tiempo de salir por la ventana que Gracia abrió a toda prisa mientras Maes amartillaba la pistola.

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